Momentos de calidad
Sábado por la tarde, con la excusa de ir a mirar no se qué a nuestra nueva casa me disponía a evadirme un rato y disfrutar de un poco de soledad mientras admiraba ese atardecer que ayer os describía. Mi mujer se la ingenió para que me llevara a mi hija de 6 años. No me apetecía mucho ya que (como sabéis quienes la conocéis) con ella se puede disfrutar de todo... menos de tranquilidad, y yo lo que añoraba en ese momento era silencio (somos 9 ruidosos habitantes en casa), pero en fin, lo primero es la obligación de padre.
Gracias a la ocurrencia de mi mujer, disfrutamos de dos horas maravillosas. Nos subimos a una pequeña terraza desde la que se ve el inmenso pinar y detrás de él la campiña hasta el horizonte. Jugamos un rato a adivinar formas en las nubes que se recortaban contra la puesta de sol, y luego, no sé cómo, la conversación derivó al nacimiento de la tierra, los seres vivos y la evolución del hombre.
Ella me escuchaba por el simple placer de oirme hablar, con los ojos encendidos, me hacía preguntas, completaba mis ejemplos, avanzaba teorías (unas descabelladas y otras no tanto). El tema nos absovió más de una hora mientras veíamos atardecer.
Estos son lo que yo llamo momentos de calidad, no es importante el tema del que se hable, simplemente se habla por el placer de escuchar al otro y que el otro te escuche.
Sé que ella también sintió ese feeling, porque, aun días después, se ha "desenmadrado" un poco y empieza (¡oh, cielos!) a "empadrarse".
Nos olvidamos muchas veces que nuestros hijos están ahí: siempre que hablan los mayores no se les puede interrumpir (estamos hablando de cosas muy importantes), si te acribillan a preguntas subrealistas a las 10 de la noche, estás cansado, y no tienes ganas de imaginarte el mundo que les hierve en la cabeza y que se les desborda por los ojos y que no somos capaces de ver... y ellos se mueren por enseñártelo. Y es que los críos, en cuanto reciben un poco de atención en rigurosa exclusiva saben agradecerlo.
Gracias a la ocurrencia de mi mujer, disfrutamos de dos horas maravillosas. Nos subimos a una pequeña terraza desde la que se ve el inmenso pinar y detrás de él la campiña hasta el horizonte. Jugamos un rato a adivinar formas en las nubes que se recortaban contra la puesta de sol, y luego, no sé cómo, la conversación derivó al nacimiento de la tierra, los seres vivos y la evolución del hombre.
Ella me escuchaba por el simple placer de oirme hablar, con los ojos encendidos, me hacía preguntas, completaba mis ejemplos, avanzaba teorías (unas descabelladas y otras no tanto). El tema nos absovió más de una hora mientras veíamos atardecer.
Estos son lo que yo llamo momentos de calidad, no es importante el tema del que se hable, simplemente se habla por el placer de escuchar al otro y que el otro te escuche.
Sé que ella también sintió ese feeling, porque, aun días después, se ha "desenmadrado" un poco y empieza (¡oh, cielos!) a "empadrarse".
Nos olvidamos muchas veces que nuestros hijos están ahí: siempre que hablan los mayores no se les puede interrumpir (estamos hablando de cosas muy importantes), si te acribillan a preguntas subrealistas a las 10 de la noche, estás cansado, y no tienes ganas de imaginarte el mundo que les hierve en la cabeza y que se les desborda por los ojos y que no somos capaces de ver... y ellos se mueren por enseñártelo. Y es que los críos, en cuanto reciben un poco de atención en rigurosa exclusiva saben agradecerlo.


Es una pena que el cansancio y el quehacer diario nos robe la energía que debiera ser para nuestros niños.
Se es niño tan poco tiempo... (Comment this)
Verás, como sabes estudié Biología. Bichos, y más bichos. Plantas y más plantas. Evidentemente las hormigas son un tema de estudio pormenorizado. Evolución, del derecho, del revés, fisiología, bioquímica, y bla, bla, bla. Fascinante este mundo.
Pero un día veo a mi hijo sentado en el suelo, en silencio, mirando el suelo. Los que conocéis a Atilita es la viva imágen de Speedy Gonzalez. Intrigado me acerco y me pregunta ¿que es eso? Era un hormiguero. Nunca había estado sentado delante de un hormiguero más de una hora, viendo entrar y salir las hormigas, contándolas, adivinando de dónde vendrían, poniéndolas nombre. Sin duda, mi hijo me enseñó a descubrir la sencillez de mirar. (Comment this)