Ya vienen los Reyes…
Pero el niño tiene otras preocupaciones. Acaba de darse cuenta de que el muñeco que disparaba misiles ultrasónicos megaváticos ultrasensibles en el anuncio, que saltaba desde un edificio haciendo dos piruetas y cayendo de pie, ése héroe musculoso que tanto ha deseado y que puso en primer lugar en su carta… no es más que un trozo de plástico inerte con muy poca gracia.
¡A ver cómo explica a su abuelo que le atrae más la caja en la que venía envuelto!
Ese coche teledirigido que hacía mil cabriolas sobre cualquier terreno, quema la ilusión del chaval al mismo ritmo que las pilas.
El perrito que hace pis (que costó a los “reyes” 60 euros de vellón) pierde el interés cuando solo puede hacerlo en la terraza o en la calle, y la osadía de mear virtualmente la pierna de la abuela no sólo no ha tenido gracia, si no que le ha reportado, únicamente, un pescozón.
La consola de videojuegos (¡Oh, Shangrilá!) pierde buena parte de su encanto en el momento que conoce sus restrictivas normas de uso: “una hora máximo, que las epilepsias son muy traicioneras” y se da cuenta de que para pasar entero un juego necesita el tiempo que va hasta la mayoría de edad.