El comerciante que no quería vender
"Nunca dejes que un cliente salga de tu tienda sin comprar nada" Máxima del vendedor
Acudimos a una gran tienda de lámparas de nuestra ciudad. Queremos poner todas las lámparas de nuestra futura casa (tanto de interior como de jardín) y así se lo hacemos saber a una de las cuatro dependientes que "adornan" el establecimiento.
Y digo bien, adornan, por lo que voy a contar a continuación.
Empezamos señalando una lámpara de unos 50 cm de diámetro que imitaba a un quinqué industrial de primeros del siglo XX, sobria, sin más adorno que su oscuro color y áspera textura imitando al óxido viejo, una pantalla metálica del mismo color totalmente lisa, muy abierta que rodea el cristal transparente y sin decoraciones del quinqué, sostenido por un amplio aro en disposición vertical, que se extiende por encima de la pantalla, 107 euros
–Queremos dos como ésa- decimos.
La dependienta se cruza de brazos y mirando a una compañera con impaciencia responde sin moverse del sitio:
–Es que no se si hay.
Ante nuestros estupefactos ojos, no hace intención de ir a comprobarlo, hasta que después de un breve pero interminable silencio la conminamos sin palabras a que mirara si tenía.
No había.
¡Lástima! En estas condiciones le decimos que nos enseñe algo similar. La dependienta nos pasea por la nave enseñándonos barrocas lámparas de 5 brazos, con portalámparas de nenúfares, recargados motivos silvestres de latón rodeando ondulados y retorcidos brazos. Ruedas de carro con portalámparas imitando velas chorreantes.
–Espera-le digo mientras nos conduce a otro ala en la que hay lámparas igual de horrendas- ¿No tienes nada similar a lo que te hemos enseñado al principio?
–Pues no.
–Bueno, pues entonces te digo lo que quiero: Dos lámparas, iguales, de un sólo cuerpo, sencillas, tipo industrial a ser posible, aunque no me disgustan los faroles, con al menos 2 portalámparas en el interior que aguanten bombillas de 60 W.
Supongo que el avispado lector, verá que no hace falta ser un lince de la venta para darse cuenta de que está ante un cliente que sabe lo que quiere. Pero nuestra querida amiga, no parecía tener muchas ganas de vender, porque insiste en enseñarnos las lámparas de la abuela... paciencia infinita.
En ese momento, nos deja colgados 10 minutos para vender un flexo de 12 euros (¿recuerda, el lector, que en esa tienda había tres ociosas vendedoras más?)
Tras la interrupción, preguntamos que si de la misma casa (la de la lámpara del quinqué industrial de primeros del siglo XX, con gran pantalla metálica, color óxido), tienen catálogo, por ver si podía satisfacer nuestras, cada vez más menguantes, ganas de comprar. Nos enseña unas lámparas que se ajustan más o menos a nuestro gusto (¡menos mal!)... pero nos pone mil inconvenientes (plazos de entrega, tiene que consultar a fábrica...).
-Bueno, pues consúltelo y nos llama. Pasemos a otra cosa, el estudio.
Es en este punto cuando mi mujer y yo nos quedamos estupefactos:
-¿No es mejor-nos dice- que vengan otro día con las ideas más claras?
–Vale, volveremos otro día que Vd. tenga más ganas de vender.
Juro sobre la biblia si hace falta, que no sólo teníamos ganas de comprar si no que dimos evidentes muestras de ello. No creo que en aquella tienda, tengan todos los días un cliente dispuesto a dejarse 3.000 euros de una tacada, y con tantas ganas de que le vendan un poco más... y, sinceramente, dudo que con las maneras que apuntan puedan tener alguno.
Acudimos a una gran tienda de lámparas de nuestra ciudad. Queremos poner todas las lámparas de nuestra futura casa (tanto de interior como de jardín) y así se lo hacemos saber a una de las cuatro dependientes que "adornan" el establecimiento.
Y digo bien, adornan, por lo que voy a contar a continuación.
Empezamos señalando una lámpara de unos 50 cm de diámetro que imitaba a un quinqué industrial de primeros del siglo XX, sobria, sin más adorno que su oscuro color y áspera textura imitando al óxido viejo, una pantalla metálica del mismo color totalmente lisa, muy abierta que rodea el cristal transparente y sin decoraciones del quinqué, sostenido por un amplio aro en disposición vertical, que se extiende por encima de la pantalla, 107 euros
–Queremos dos como ésa- decimos.
La dependienta se cruza de brazos y mirando a una compañera con impaciencia responde sin moverse del sitio:
–Es que no se si hay.
Ante nuestros estupefactos ojos, no hace intención de ir a comprobarlo, hasta que después de un breve pero interminable silencio la conminamos sin palabras a que mirara si tenía.
No había.
¡Lástima! En estas condiciones le decimos que nos enseñe algo similar. La dependienta nos pasea por la nave enseñándonos barrocas lámparas de 5 brazos, con portalámparas de nenúfares, recargados motivos silvestres de latón rodeando ondulados y retorcidos brazos. Ruedas de carro con portalámparas imitando velas chorreantes.
–Espera-le digo mientras nos conduce a otro ala en la que hay lámparas igual de horrendas- ¿No tienes nada similar a lo que te hemos enseñado al principio?
–Pues no.
–Bueno, pues entonces te digo lo que quiero: Dos lámparas, iguales, de un sólo cuerpo, sencillas, tipo industrial a ser posible, aunque no me disgustan los faroles, con al menos 2 portalámparas en el interior que aguanten bombillas de 60 W.
Supongo que el avispado lector, verá que no hace falta ser un lince de la venta para darse cuenta de que está ante un cliente que sabe lo que quiere. Pero nuestra querida amiga, no parecía tener muchas ganas de vender, porque insiste en enseñarnos las lámparas de la abuela... paciencia infinita.
En ese momento, nos deja colgados 10 minutos para vender un flexo de 12 euros (¿recuerda, el lector, que en esa tienda había tres ociosas vendedoras más?)
Tras la interrupción, preguntamos que si de la misma casa (la de la lámpara del quinqué industrial de primeros del siglo XX, con gran pantalla metálica, color óxido), tienen catálogo, por ver si podía satisfacer nuestras, cada vez más menguantes, ganas de comprar. Nos enseña unas lámparas que se ajustan más o menos a nuestro gusto (¡menos mal!)... pero nos pone mil inconvenientes (plazos de entrega, tiene que consultar a fábrica...).
-Bueno, pues consúltelo y nos llama. Pasemos a otra cosa, el estudio.
Es en este punto cuando mi mujer y yo nos quedamos estupefactos:
-¿No es mejor-nos dice- que vengan otro día con las ideas más claras?
–Vale, volveremos otro día que Vd. tenga más ganas de vender.
Juro sobre la biblia si hace falta, que no sólo teníamos ganas de comprar si no que dimos evidentes muestras de ello. No creo que en aquella tienda, tengan todos los días un cliente dispuesto a dejarse 3.000 euros de una tacada, y con tantas ganas de que le vendan un poco más... y, sinceramente, dudo que con las maneras que apuntan puedan tener alguno.

