Miércoles 03 de Enero de 2007

Ya vienen los Reyes...

Última parada de las Navidades ¡Qué cruel! culminación para los pobres niños que anhelan la llegada de esta fecha para luego darse cuenta de que, tras 20 días de intenso ocio tienen apenas 2 días para disfrutar de la locura regaladora de sus parientes más cercanos. Los niños viven este día abrumados por la petición solícita de sus abuelos de que jueguen con sus regalos.

Pero el niño tiene otras preocupaciones. Acaba de darse cuenta de que el muñeco que disparaba misiles ultrasónicos megaváticos ultrasensibles en el anuncio, que saltaba desde un edificio haciendo dos piruetas y cayendo de pie, ése héroe musculoso que tanto ha deseado y que puso en primer lugar en su carta... no es más que un trozo de plástico inerte con muy poca gracia.

¡A ver cómo explica a su abuelo que le atrae más la caja en la que venía envuelto!

Ese coche teledirigido que hacía mil cabriolas sobre cualquier terreno, quema la ilusión del chaval al mismo ritmo que las pilas.

El perrito que hace pis (que costó a los "reyes" 60 euros de vellón) pierde el interés cuando solo puede hacerlo en la terraza o en la calle, y la osadía de mear virtualmente la pierna de la abuela no sólo no ha tenido gracia, si no que le ha reportado, únicamente, un pescozón.

La consola de videojuegos (¡Oh, Shangrilá!) pierde buena parte de su encanto en el momento que conoce sus restrictivas normas de uso: "una hora máximo, que las epilepsias son muy traicioneras" y se da cuenta de que para pasar entero un juego necesita el tiempo que va hasta la mayoría de edad.

Posted by inegro at 18:18:39 | Permanent Link | Comments (0) |

Viernes 29 de Diciembre de 2006

Me gusta la Navidad

Ya la tenemos aquí. Parece que fue el mes pasado cuando hacíamos nuevos y buenos propósitos para el año que se avecinaba y sin darnos cuenta, ya nos encontramos haciendo balance de un 2006 que se nos ha hecho viejo. Por las calles fluye el olor espeso de estas fechas: el aroma dulzón de los obradores a pleno rendimiento, a troncos quemándose lentamente y a media luz, a serrín y musgo de los belenes, y el aire... siendo el mismo, parece que se perfuma y se hace más fino, y se filtra entre los pliegues de la ropa empeñado en hacernos temblar.

Pasear por nuestras calles en Navidad nos hace más jóvenes a cada paso. Sin darnos cuenta, nos vemos otra vez asidos de la mano de nuestro padre, las castañas en los bolsillos calentando los guantes de lana, mirando furtivamente los escaparates de las jugueterías repletos de deseos infantiles, anhelando que este año, los Reyes Magos hagan la vista gorda con nuestras travesuras, y mordiéndonos las ganas de contarle a nuestro hermano pequeño la verdad sobre ellos.

Y llega el 22. La sensaciones se hacen más fuertes con la única banda sonora del día. Ya estamos de vacaciones y acompañamos a nuestra madre a comprar. Tienda a tienda nos damos cuenta de que nadie presta mucha atención a lo que hace, todos están pendientes de la radio y repiten las mismas bromas llenas de esperanza... y no entendemos muy bien el porqué hasta que crecemos y la hipoteca se encargua de enseñarnos, cruelmente, el motivo. Pero por entonces, afortunadamente, la vida todavía es una película filmada en sepia y luz de atardecer.

Nuestra casa se disfraza de Navidad: guirnaldas, frágiles bolas rojas y amarillas (mamá se queja de que cada año sobreviven menos) nieve artificial en las ventanas que no se “derretirá” hasta marzo, el Belén, que ha relegado a un armario el juego de cafe de plata que decoraba el mueble del salón, lo preside el Niño Jesús al que no debe gustarle su corona, pues se empeña en esconderla entre el serrín, al lado del descornado buey y la desorejada mula. El árbol comprado a los estudiantes de Agrónomos, parece bailar con las luces: “cosas de los bárbaros del norte” que decía mi abuelo.

Día 24. Mamá se afana en la cocina preparando la cena (de cuyas sobras nos alimentaremos prácticamente hasta Reyes), y papá, que de joven fue tendero, lucha con el jamón de la cesta y me explica cómo cortarlo: “la mano siempre por encima del cuchillo”. Llegan los tíos, los abuelos, los primos. Besos y abrazos, “¡cómo has crecido!”. Nos sentamos a la mesa, la prima Natalia este año ya se sienta con los mayores. Ya va al instituyo y tiene otras inquietudes. Nosotros la miramos con envidia, y su hermano pequeño nos cuenta en secreto lo rara que se ha vuelto, que ya no le deja entrar en su habitación.

Día 25. Nuestros primos creen en Papá Noel (dicen que así les da tiempo a jugar durante las vacaciones con sus regalos) y a las siete de la mañana hemos levantado entre falsas protestas y ojos hinchados de sueño y excesos a nuestros respectivos padres para poner patas arriba todo el salón con papeles y cartones, mientras desayunamos chocolate y los restos de turrón y polvorones.

Por eso me gusta la Navidad, por esos recuerdos que sólo se valoran en la madurez y que son los que nos hacen saludar al vecino con algo más de cariño que el resto del año.
Posted by inegro at 12:51:55 | Permanent Link | Comments (0) |